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das Mystische 2.1

CONGELACIÓN

CONGELACIÓN

Estoy fuera. Les mando esta postal para que no me olviden. Madrugué tanto el sábado pasado que aún no me he recuperado; son cosas que pasan. Tirado sobre el piso helado de la estación de El Casar veía pasar a la fauna nocturna en retirada. Ellas me enseñaban muslos como columnas de hielo. Ellos, bocas de bronce erosionadas por el garrafón y el tabaco. Yo leía a Greg Egan para no volverme loco:

"Cuando las personas dejaban de entender cómo funcionaban en realidad las máquinas que las rodeaban –escribía el australiano en su Instante Aleph-, el mundo que habitaban se disolvía en un paisaje onírico incomprensible".

Las máquinas estaban a un lado y a otro del pensamiento, como siempre, y había máquinas que habían quedado atrás y otras que estaban esperándome al final del camino. Más tarde, en la nave industrial, el frío se hizo tan intenso que creí morirme de risa; la congelación fue evidente a partir de las primeras cinco horas. Cuando los dedos de la mano derecha se negaron a obedecer órdenes, pensé que todo había terminado. Esto es lo que hacen los héroes, pensé, y no tu sucedáneo de supervivencia. En aquella nave, y en otras naves vecinas, se estaba escribiendo la historia. Los protagonistas de la misma no disfrutaban de blog propio, pero sabían chistes definitivos producto de la congelación y del odio.

Una experiencia religiosa

Una experiencia religiosa

Sábado 14, a mediodía. Intento comer en paz y armonía con la familia, pero no hay manera. Entre pegar las voces de recibo a los pequeños bárbaros, ahuyentar la curiosidad de la gata y preparar el video para la correspondiente película (El sonido del trueno, en este caso, basada en un relato de Ray Bradbury), se me van amontonando los nervios en el estómago. De repente, justo cuando asoman las chuletas de cordero por la puerta del comedor, suena el timbre de la calle: es el presidente de la comunidad de vecinos. Llevo un par de meses intentando que me cierren un agujero provocado por un escape de agua y el hombre, al parecer, ha tenido una excelente idea. Viene de hablar con el fontanero (otro hombre ponderado, me explica, inteligente, también de excelentes ideas), y ha quedado con él en una cita definitiva que solucionará de todas-todas el problema: mañana, a las ocho, se personará en mi domicilio (el fontanero) y asunto concluido. El domingo, pienso yo, mientras el presidente me come sin compasión la oreja; a las ocho de la mañana. Este tío es gilipollas.

Siempre he imaginado a las comunidades de vecinos como una metáfora posmoderna de la imposibilidad del consenso. Si resulta completamente imposible poner de acuerdo a cuatro idiotas alrededor de pequeños problemas domésticos, ¿cómo vamos a conseguir el consenso necesario en temas de mayor enjundia autonómica, nacional o internacional? ¿Cómo vamos a hacer de los organismos supranacionales herramientas válidas para la solución de los problemas globales de la humanidad? ¿Cómo explicarle a los vecinos de mi comunidad que un consenso es racional si ha observado en su construcción una situación ideal de habla, si ha sido delimitado objetualmente y ha observado las reglas que rigen a los discursos? ¿Cómo explicarle al presidente de mi comunidad de vecinos que deje de comerme la oreja (por ejemplo) y que lea un poco más a Jürgen Habermas?

Domingo 15, dos horas después de las ocho de la mañana. Como cabía suponer el fontanero no ha aparecido (estará durmiendo la mona, supongo), por lo que intento comenzar el día con un espíritu más constructivo. El cabrón de mi hijo ha destrozado un chupa Nike Air, recién estrenada, en tan sólo veinte minutos; los veinte minutos que ha necesitado para tomar contacto con el mundo del arte (el arte del graffiti, en este caso). Intento, pues, refugiarme en la lectura (en la lectura no tengo la obligación de pegarme con nadie, mucho más allá de pegarme conmigo mismo); necesito un poco de aire. Michel Onfray, filósofo, lo tiene muy claro: la culpa de todo la tienen los monoteísmos: han llenado el mundo de sufrimiento. Si, como señala Azúa a propósito de Tratado de ateología (y de la interpretación que hace Onfray del opúsculo kantiano ¿Qué es la Ilustración) el proyecto kantiano de salvar a los humanos de la minoría de edad es ahora más urgente que nunca (puesto que ni una sola de las metas propuestas en este escrito de 1784 se ha alcanzado), la cosa está más complicada de lo que, en principio, podíamos esperar. Por lo demás, es acabar con la entrevista a Onfray, y con el artículo de Azúa, y es la propia realidad la que se encarga de confirmar la terrible sospecha. A través de mi ventana (y puedo jurarles que no se trata de una alucinación: ya no consumo drogas), el espectáculo se desarrolla con una transparencia a prueba de bombas. La comitiva cristiana o procesión cruza la puerta del templo y, entre cánticos, avanza como un zombi camino de la carretera; al parecer, ha llegado ya el fin del mundo (o la Semana Santa) y yo no me he enterado. Cuando vuelvo al sillón, algo más cansado, me asalta un miedo terrible. ¿Intentará, el presidente de la comunidad, comerme la oreja de nuevo? ¿Organizará este hombre una empresa de chapuzas varias, mano a mano con el fontanero? ¿Serán ambos cristianos y además gilipollas, o tan sólo gilipollas? Por lo demás, añadir que El sonido del trueno ha resultado bastante flojita (vamos que, como cabía suponer, prefiero el cuento original de Bradbury) y que, para curarme en salud, he tenido que recurrir a un clásico de los años 70’: La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise, basada en un relato de Michael Crichton. Los efectos especiales son aquí de pesadilla, pero sale una científica miope, hippie y epiléptica, con la que se pasa un rato muy divertido.

La muerte y los telecuerpos

La muerte y los telecuerpos

El elevado número de nacimientos que, a diario, celebramos en este sociosistema no deja lugar a dudas: la blogosfera goza de excelente salud, es decir, los miembros de la comunidad blogosférica se duplican y multiplican con una facilidad enfermiza. Apocalípticos e integrados acuden oportunamente a los bautizos y, tras la ceremonia, dependiendo de las herramientas de análisis y del estado de ánimo, ofrecen sus conclusiones al respetable. La música, entonces, resulta conocida y seductora; la comunicación y la incomunicación interpersonal penden de hilos musicales que elaboran, sin pausa, los músicos profesionales; pero, entre tema y tema, también se suceden los fallecimientos y, en los entierros, en cambio, se observa la presencia de poquísimos músicos. Es cierto que la desaparición de unos pocos blog-adictos no parece, a primera vista, excesivamente noticiable, pero especialistas, músicos profesionales y aficionados olvidan con extrema facilidad que toda reflexión que se precie comienza precisamente con la muerte, y que la muerte de un blog encierra en sí misma esa clase de preguntas que, tarde o temprano, nos vemos obligados a hacer frente. ¿Adónde va un blog cuando le llega la muerte, por ejemplo? ¿Al cementerio de los blogs, al cielo o al infierno de los blogs? Por cierto, ¿dónde diablos se encuentra el cementerio de los blogs? ¿Existe vida en el blog después del blog? ¿El hombre creó el blog a su imagen y semejanza o fue el blog el que, en clara pesadilla, creó al hombre para luego descansar extenuado?
Quizá si los especialistas ampliaran su comprensión de lo que en realidad es un blog, éstas y otras preguntas aparecerían mucho más justificadas. Observar un blog desde la óptica periodística, desde el punto de vista de la democratización de la información y los medios sociales, resulta muy oportuno; pero un blog, me temo, es mucho más y mucho más complejo que el entramado laberíntico de los periodistas. Para comprender mejor qué es un blog debemos relacionarlo con otras prótesis tecnológicas que nos hacen funcionar (que hacen funcionar nuestros cuerpos) como lo que realmente somos, es decir, como auténticos telecuerpos. No, no estoy pensando ahora en el cyborg de Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline, ni en metáforas orgánicas; de ahí la diferenciación aconsejable entre biosistemas y sociosistemas. Estoy pensando más bien en ese cuerpo entendido como red de representaciones del cuerpo al que se refiere Javier Echeverría en su Telépolis, un cuerpo en el que el blog, entendido ahora sí como prótesis tecnológica, sería un elemento más en un complejo sistema de funcionamiento. Para entender qué es un blog hay que partir de esta aclaración que nos hace Echeverría: "El telecuerpo, en efecto, no es un Dasein, no está ahí, y en ello radica la diferencia más significativa. Un telecuerpo está situado aquí y ahí, diseminado, porque su funcionamiento como tal telecuerpo se basa en una pluralidad de representaciones esparcidas por aquí y por allá". A partir de esta consideración, podremos observar con más claridad la clase y el significado de las sensaciones, de los gestos, de las aplicaciones, de los cambios de tamaño (expansiones, maximizaciones, minimizaciones, etcétera) que, a diario, realizamos desde la herramienta denominada "blog". Una herramienta parecida a un sencillo cuaderno de notas, sí, pero idéntica, en ocasiones, a ese abismo pequeño y monstruoso desde donde contemplamos el mundo.
Cuando un blog se muere (y mucho más cuando se trata de un blog amigo), se produce un cortocircuito que altera sin remedio nuestras constantes vitales, nuestro juego de prótesis tecnológicas en el sistema global de las prótesis tecnológicas. Aunque, ¡señores!, tampoco hay que engañarse demasiado: pasados los fastos del entierro, enjuagadas las lágrimas en el brindis alcohólico de los recuerdos, todos corremos felices ante la noticia de nuevos y magníficos nacimientos. La blogosfera, sabemos, goza de excelente salud, y el espectáculo, a pesar de los muertos, debe continuar. Así son las cosas en la blogosfera. Así es la vida y la manera de ser de un telecuerpo.

Cómo escapar de la poesía

Cómo escapar de la poesía

31 de diciembre. Ante el peso de los acontecimientos, tengo que conformarme con un lenguaje inapropiado, ciego, carente de todo ritmo. Por ello –y después de consultar largo y tendido con la almohada de las grandes decisiones- apunto mi principal propósito para el año que ya asoma: ¡aprender a escribir! Ya he dejado de fumar y los pulmones se desperezan como una fiera invernal a las puertas de la primavera (¡Tonterías!). Echo de menos el tabaco, pero no a un nivel físico; el mono–al menos en mi caso-, no existe. Echo de menos las volutas del espíritu que ascienden, nebulosas, hasta la línea del cielo.

Como todos los años, la sombra del jinete se materializa en Nochebuena: sí, vuelve a casa por Navidad, como en el anuncio. Trae los huesos molidos de nieve y de leña, y ha mudado de nuevo el acento. Atrás queda ese pájaro imaginario que mezclaba Valverdeiro, Lagarteiro y Mañego en las estribaciones de la Sierra de Gata. Ahora, el pájaro, canta en el habla de Santibáñez de la Sierra, y el paisaje muestra los picos afilados de las sierras de Béjar y de Francia. El jinete (o el pájaro, que viene a ser lo mismo) no es más que un obstinado "calamorro", es decir: una persona obcecada. De nada sirve que se le vaya cayendo el pelo de la juventud o que vayan encaneciendo las esperanzas. Cuando la poesía lo nombra, lo nombra siempre en el mismo lugar detenido, en la misma postura firme. Y es el dolor ajeno el que también se muestra afilado, se torna (de nuevo) materia, como si todas las plantas venenosas de la historia hicieran su aparición en el jardín de las palabras: A mí, lo que me duele (dice el poema), es tu cabeza. ¿Qué nos queda si en el tiempo hemos dejado las alianzas olvidadas, nuestras más hermosas señas de identidad? ¿Por qué vuelven las pedradas a la carne más amable, los amantes y los gallos de pelea? Un guerrero, a las puertas de la ley que purifica, nunca tiembla. ¿Por qué orinas, animal, sobre la leña? Como muchos habrán adivinado se trata, una vez más, de los orígenes del mito del buen salvaje (Ego sum resurrectio). Escapar de la poesía, entonces, se hace, ¡más que nunca!, necesario; la poesía es el dolor, el mismo dolor, y hace tiempo que yo aborrezco el dolor. Cuando el pájaro –o el jinete- me enseña el dedo índice (ese que ya no se mueve, derrotado por la naturaleza), el vaso de aguardiente vuelve a llenarse, y el silencio del alba da paso al discurso malherido del trabajo. Tengo en la cabeza (sí, en la otra cabeza) un viejo poema* de Antonio Gamoneda y, al leerlo, vuelvo a sentir la obligación, impostergable, de escapar de la poesía:

Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa, me cogía
la cabeza mi madre entre sus manos.

Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.

A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.

Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.

Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.

Entraba en el trabajo.
La oficina
olía mal y daba pena.
Luego,
llegaban las mujeres.
Se ponían
a fregar en silencio.

Veinte años.
He sido
escarnecido y olvidado.
Ya no comprendo la noche
ni el canto de los muchachos sobre las praderas.
Y, sin embargo, sé
que algo más grande y más real que yo
hay en mí, va en mis huesos:

Tierra incansable,
firma
la paz que sabes.
Danos
nuestra existencia a
nosotros
mismos.

En algún lugar del mundo (ahora: del mundo sonoro), un juglar nos desvela cómo es el cielo de Salamanca, cómo son las voces antiguas de Salamanca: ésta es la banda sonora del jinete en el día de Navidad de la memoria.

31 de diciembre: el año nuevo asoma.

__

*Antonio Gamoneda: "Después de veinte años". Blues castellano. (1961-1966).

Estafa

Estafa

Cuentan las crónicas que a Humboldt, el cuadro, no le gustó nada. Eduard Ender, el artista austriaco especializado en temas históricos, había representado al propio Humboldt y a su colaborador Bonpland en una choza en plena selva, imaginando a los dos científicos en un descanso de su viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Cuando Ender pinta a Humboldt éste tiene 85 años, pero el científico alemán recuerda a la perfección cómo fueron en realidad las cosas. Las plantas, los árboles, los animales, las montañas representadas por Ender, son una verdadera estafa; los instrumentos representados por el pintor austriaco tampoco se corresponden con los utilizados en las investigaciones. ¿Qué hace ahí pintado ese Círculo de Borda para la medición de ángulos, el instrumento más importante de los geodésicos franceses desarrollado por el científico Jean Charles Borda, cuando hasta 1820 este instrumento no formó parte del equipamiento de Humboldt? ¿Y ese teodolito, en la mesa, entre los dos protagonistas, parecido al gran teodolito inglés, pero en realidad un producto de feria fabricado en Nuremberg y que se vendía allí como microscopio nurembergense de cartón? ¿En qué podía parecerse esta vulgar imitación al sofisticado instrumento de alta calidad fabricado por el óptico Hofmann, de Leipzig, con el que Humboldt y Bonpland realizaron sus investigaciones? Cuentan las crónicas que, cuando Ender intentó vender el cuadro al rey de Prusia, Federico Guillermo IV, el propio Humboldt señaló a Ignaz von Olfers, director general de los Museos Reales de Berlín, lo improcedente de la operación. Ante aquella descomunal estafa, Humboldt reaccionó con firmeza: "Sería mejor –aconsejó el científico alemán- que se olvide del cuadro en la aduana".

Cuentan las crónicas que, poco antes del escándalo, Hwang Woo-suk, el científico surcoreano que asombró al mundo al clonar los primeros embriones humanos, y al derivar de ellos las primeras líneas de células madre específicas de pacientes, era considerado por sus compatriotas como un verdadero héroe. Miles de enfermos de diabetes, Parkinson o lesión medular vieron en los avances de Hwang una puerta abierta a la esperanza, poco antes de llegar a la terrible conclusión de que todos, enfermos y comunidad científica incluidos, habían sido víctimas de una incomprensible estafa. Al parecer, según una investigación de la universidad donde Hwang trabajaba, nueve de las once líneas celulares que éste presentó a la revista científica Science estaban falsificadas; no existían, pues, células madre clonadas, únicamente células madre de tejidos obtenidas en el laboratorio de un colaborador de Hwang: de las once líneas celulares presentadas en Sciencie, nueve ni siquiera existían. Las imágenes de la falsificación acabaron ocupando las páginas de todos los periódicos como metáforas de un viaje (inexplicable) de regreso al pasado. Las líneas celulares, cada una con capacidad para dividirse indefinidamente y capaces de transformarse en varios tejidos, hubieran permitido evitar el rechazo en caso de trasplante, de no haberse tratado, como al final demostraron las investigaciones, de una desagradable estafa. Los responsables de Science y Nature (que también publicó en su día los resultados de la clonación del primer perro clónico, Snuppy) tendrían que haber descubierto el engaño y haber reaccionado, como en el caso de Humboldt, con energía y firmeza: "Sería mejor –debieron aconsejarle al científico surcoreano- que olvide sus líneas celulares en la aduana".

Matemáticas

Matemáticas

¿Porqué se hizo Ud. matemático? –me preguntó sorpresivamente. –No sé –dije- quizás fue una equivocación, siempre creí que iba a seguir una carrera humanística. Supongo que lo que me atrajo de las matemáticas es la clase de verdad que encierran los teoremas: atemporal, inmortal, suficiente en sí misma, y a la vez absolutamente democrática.
Guillermo Martínez. Los crímenes de Oxford.

Tarea de la reconstrucción:

En 1978 (¡ahí es nada!), yo me imaginaba a mí mismo como un tipo verdaderamente curioso, como un genio revolucionario en potencia, vamos, aunque, a decir verdad, en acto, no pasaba de ser mucho más que un simple adolescente despistado. El paso del no-ser al ser se me antojaba entonces plagado de dificultades. Mi profesor de matemáticas, por ejemplo, guardaba para sí una visión de la cuestión bastante interesante. Para él yo era, en acto, como un personaje intrascendente, algo así como una imitación barata del hombre invisible (mi profesor de matemáticas sólo enseñaba a los que ya sabían); y, en potencia, nunca reconoció a nadie con más papeletas y firme candidato a sufrir los rigores represivos de la Ley de Peligrosidad Social y sucedáneos. Según Aristóteles, todo ser tiene dos aspectos o dimensiones: "lo que ya es", el acto, y "su capacidad para llegar a ser lo que aún no es", es decir, la potencia. La distinción entre potencia y acto se nos presenta como una de las aportaciones más importantes de Aristóteles a la filosofía occidental, en un intento de dar una explicación satisfactoria al devenir (a las transformaciones) de la sustancia. Lo que no precisó Aristóteles es qué consecuencias puede tener el hecho de que dos actos o dos potencias se encuentren a la vez en el espacio-tiempo, creando con ello un inesperado conflicto de competencias. Mi profesor de matemáticas arruinó en parte mi vida, qué duda cabe, aunque quizás fuera yo culpable de ello y tuviera que esperar al inevitable devenir de la sustancia para entenderlo. Un examen sobre la mesa (suspenso y puntuación de 1,75 para un ejercicio de factores primos, raíces cuadradas y potencias) me ha traído a la memoria esta lejana historia; el examen, claro está, no es mío, sino del objeto actual de mis preocupaciones, y su presencia coincide en el espacio-tiempo con la aprobación, por parte del Parlamento, de un nuevo proyecto educativo, la LOE, a sumar a proyectos educativos anteriores: LOGSE, LODE, etcétera. ¿Se acuerdan ustedes del Informe Pisa 2003? Andreas Schleicher, responsable del mismo, refiriéndose a la situación de la educación en España, fue entonces bastante contundente: "Si vemos el sistema educativo con más éxito del mundo, Finlandia, todo su programa de estudio está en un folleto". ¿Es que no se leyeron el Informe Pisa nuestros políticos? ¿Para qué una nueva Ley, que será sustituida por una nueva Ley, y por una nueva Ley etcétera? ¿No bastaba con un sencillo folleto? El Informe Pisa 2003 hurgaba en la llaga del verdadero problema: situaba a España entre los países con una negativa relación calidad-precio de su sistema educativo: pobre gasto per cápita en educación, poco gasto por alumno; España se situaba entre los 10 que menos invertían de la OCDE y, en consecuencia, añadía el informe, obtenía unos modestos resultados. ¿Modestos resultados? Pero sigamos con el devenir de la sustancia. En 1998 (es decir, 20 años después del primer contacto con la sustancia), en cuanto supe lo que se me venía encima (dos objetos de preocupación enfrentándose a las temidas matemáticas), decidí adquirir un ejemplar de El diablo de los números de Hans Magnus Enzesberger, con la esperanza de ayudar a vencer el temor de mis hijos a tan terrible asignatura. El diablo de los números estaba dirigido expresamente en su subtítulo a "todos aquellos que les temen a las matemáticas" y, como comentó en su día el escritor y matemático argentino Guillermo Martínez, "estaba llamado a convertirse en un best-seller universal si no fuera por un pequeño detalle: las personas que verdaderamente les temen a las matemáticas no abrirán nunca, jamás, un libro que lleve esa palabra en la tapa, porque presienten –con razón- lo que les espera: que bajo la forma insidiosa de lo sencillo, de lo elemental, les quieran enseñar a traición cosas dificilísimas". ¿Conseguí acabar con el pavor de mis hijos a las matemáticas? No, nada más lejos de la realidad; pero, al menos (y aquí es donde verdaderamente quería llegar), gracias al encuentro con el propio Guillermo Martínez estoy en las mejores condiciones para enfrentarme a una batalla que se anuncia (como el paso del no-ser al ser, como el paso de la potencia al acto) larga, tediosa y complicada. El último teorema de Fermat y el anuncio de su demostración por Andrew Wiles, el teorema de incompletitud de Gödel y sus implicaciones filosóficas, la doctrina pitagórica y su representación mística de los números (incluso los juegos de lenguaje de Wittgenstein), todos estos hitos de la historia de las matemáticas se dan cita en Los crímenes de Oxford, la historia de un matemático argentino tras la pista de un asesino en serie, a través de las señales cargadas de contenido matemático que, a manera de reto intelectual, va dejando éste en sus asesinatos. Ahora, a las puertas de 2006 (28 años después de la primera toma de contacto con la sustancia), tengo razones para pensar que estoy a punto de vencer una batalla largamente postergada. Los objetos de mi preocupación cuentan, a partir de ahora, gracias a Guillermo Martínez y a una novela policíaca, con un aliado insólito e invencible. No dejo de pensar en ello desde que mi hijo me mostró, con cara de cordero degollado, el suspenso de su último examen. El juego de "lo que ya es", el acto, y "su capacidad para llegar a ser lo que aún no es", la potencia, tiene a veces estas sorpresas.

Ciudad

Ciudad

La ciudad de la que vengo, de la que vine entonces, siendo niño, o a la que acabo yendo inexplicablemente, obligatoriamente, irremediablemente, es la ciudad salvaje, inexplorada, de todos los días, la ciudad de la eternidad donde a veces descubro la adivinación, la decadencia o la locura, la ciudad que me inventa y que, a su vez, inventa el destierro, la ciudad a la que voy y también la ciudad de la que nunca vuelvo. Aparentemente, todo esto podría parecer algo caótico; pero no, nada más lejos de la realidad. La ciudad de la que hablo es un complejo perfectamente organizado y definido, un lienzo monocromo y poliédrico donde quedan dibujados los distintos patrones de conducta, una estructura tan firme que soporta, sin apenas inmutarse, millones y millones de embestidas. Según Henri Lefebvre, los filósofos han "pensado" la Ciudad; han llevado al lenguaje y al concepto la vida urbana. Escribe Lefebvre en El derecho a la ciudad:

"A la ciudad incumbe el trabajo intelectual: funciones de organización y dirección, actividades políticas y militares, elaboración del conocimiento teórico (filosofía y ciencias). La totalidad se divide; se instauran separaciones; entre ellas la separación entre Physis y Logos, entre teoría y práctica, y, ya dentro de la práctica, las separaciones entre praxis (acción sobre los grupos humanos), póiesis (creación de obras), téchne (actividad armada de técnicas y orientada hacia los productos). El campo, a la vez realidad práctica y representación, aportaría las imágenes de la naturaleza, del ser y de lo original. La ciudad aportaría las imágenes del esfuerzo, de la voluntad, de la subjetividad, de la reflexión, sin que estas representaciones se disocien de actividades reales".

Cuando un nuevo viajero (un viajero amigo) llega a la ciudad salvaje, inexplorada, y afila su sistema de alerta (observando, escudriñando), está cercano el momento en que "media sonrisa colgando de los labios" puede hacerse, contra todo pronóstico, con un hueco irrevocable en el infierno; o acabar, en caso contrario (inexplicablemente, obligatoriamente, etcétera), en el fondo nutritivo de la historia. La cuestión queda bosquejada en el diálogo que mantienen (gracias a Italo Calvino y a sus Ciudades Invisibles) Marco Polo y Kublai Kan –a propósito, ¡cómo no!, de las ciudades. Concluye Marco Polo:

"El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".

Eso sí, al menos al nuevo viajero (un viajero amigo) le quedará el consuelo de, a su regreso, poder contar su aventura como Marco Polo cuenta la suya a Kublai Kan, y engrandecer con su relato la ciudad de la que uno viene, la ciudad a la que uno va, la ciudad, al fin, del destierro, la ciudad de la adivinación, de la decadencia y de la locura.

África

África

A cambio, ¿qué pueden perder? ¿La vida? ¡¿Qué vida?!
Jorge Mauro de Pedro. Historias para no dormir.

¿Hay vida después de la pantalla? ¿Existen árboles, en el exterior, tan verdaderos (y a la vez tan falsos) como esos árboles gigantescos que quedan impresos en la pantalla a pesar de nuestro asombro? En esta ocasión, sin embargo (¡no confundirse!), voy a hablarles de las cosas que suceden a nuestro lado en otra pantalla, en la pantalla extendida y expandida del cine, en concreto en la pantalla del cine de entretenimiento que, como todo el mundo sabe, es el cine verdaderamente importante, el cine que tiene algo que decirnos, el cine que a fin de cuentas nos interesa (1). En estos días, han coincidido en nuestras pantallas dos joyas cinematográficas que han hecho las delicias de los amantes del género fantástico y de terror. Me estoy refiriendo, como muchos ya habrán adivinado, a La pesadilla de Darwin, de Hubert Sauper, y El jardinero fiel, de Fernando Meirelles. Ambas comparten algunas de las características que han hecho del cine de terror uno de los géneros con más seguidores y más taquilleros del momento. Desde Stanley Kubrick sabemos que si existen fantasmas es que existe algo más allá del olvido, algo que no termina con la muerte; como señala David Saavedra en la recién nacida Ce2puntos todo el cine de terror reseñable en la actualidad parte de este supuesto (2). Pues bien, tanto La pesadilla de Darwin como El jardinero fiel están repletas de fantasmas, de muertos vivientes que luchan por salir de la muerte en un infierno de pesadilla, de vivos que mueren en dudosas circunstancias a manos de verdugos invisibles, de muertos que regresan del olvido, hasta llegar a nosotros, en flashback de dudosa eficacia. Si el miedo, según apunta el director de cine Walter Salles, es uno de los temas principales del mundo en que vivimos (y eso explicaría el renacimiento del género de terror), el miedo de "La pesadilla" y de "El jardinero" es un miedo que, en sí mismo, sin mayores dificultades, explica un mundo; pero ambos largometrajes, además, suponen un paso adelante en la explicación científica del miedo, en la refundación del miedo. El gran acierto de estas ficciones (no hay que olvidar que una buena película no es más que una buena ficción) es haber inventado un continente, "África", donde ocurren sucesos que no permitiríamos en nuestro mundo de no-ficción, en nuestro mundo "real". ¿Se imaginan ustedes vivir en un mundo donde, a pocos pasos de nuestra propia casa, enfrente mismo de nuestras costas, sucedieran cosas tan horribles como las contadas en los filmes de Sauper y Meirelles? ¿Qué conciencia podría vivir en paz si estas ficciones envenenadas, construidas por mentes enfermas, resultaran ser ciertas? La historia de un (a primera vista) simple pececillo, "la perca del Nilo", de insana e increíble voracidad, da pie, en La pesadilla de Darwin, a una no tan simple historia de pesca, pescadores y pescados, a una fábula de las consecuencias imparables de la globalización donde globales, globalizadores y globalizados juegan conjuntamente a un juego bastante parecido al de la evolución, pero de consecuencias terroríficamente devastadoras. En "La pesadilla", obreros y prostitutas conviven con niños que son abandonados, sodomizados o drogados entre montañas y montañas de basura. Los aviones (¡nuestros aviones!) transportan muerte con insultante apariencia de vida; y, al final, el pececillo de marras acaba cocinado, ¡cómo no!, rico y feliz, en nuestra propia mesa. Además, cuando todo termina (o parece que en alguna parte termina), los hombres acaban dedicados al triste juego de la guerra (3). ¿Puede alguien decirme si todo esto no provoca, por sí mismo, un miedo imposible, inenarrable? El jardinero fiel, en cambio, es la historia de aquellos que se acercan hasta el continente inventado, hasta "África", con la intención de ofrecer soluciones a esos fantasmas que están a punto de morir, que parecen ya muertos. Las grandes compañías farmacéuticas "occidentales", las "multinacionales" (4), envían sus nuevos productos al continente africano experimentando con ellos en seres humanos, y comprobando sus efectos benéficos y sus contraindicaciones. Resultado: cuando el producto en cuestión resulta altamente peligroso, los seres humanos se mueren como fantasmas; el alto coste de una posible modificación del producto hace que éste siga distribuyéndose, y con él que también siga distribuyéndose la muerte (5). La protagonista de la película, una activista concienciada que denuncia ante "los suyos" las prácticas de las farmacéuticas, es asesinada por una mano invisible (¿les suena?, ¡la mano invisible!), con lo que, como en el caso de La pesadilla de Darwin, vida y muerte se entremezclan dando forma final a un cuadro fantasmal donde los fantasmas acaban degustando el amargo sabor del beneficio. En la enumeración de argumentos fantásticos que hicieron Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, dentro de su famosa Antología de la Literatura Fantástica, figuran algunos que, después de ver las películas comentadas, acaban resultando extremadamente familiares; entre estos argumentos figuran: "argumentos en que aparecen fantasmas", o bien "argumentos con acción que sigue en el infierno". Resulta tranquilizador pensar que las películas de Sauper y Meirelles pertenecen, conforme esta clasificación, al género fantástico o de terror (y, por tanto, al cine considerado como entretenimiento) y no pertenecen, en cambio, a ningún género documental o realista que pretendiera explicar, bajo el prisma de la verdad o de la verosimilitud, la verdadera realidad de nuestro mundo real. Los fantasmas pertenecen, afortunadamente, a las historias de fantasmas. Además, sólo de pensar en la posibilidad contraria, la pantalla se deforma vencida, insoportable.
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(1) "Que el cine no pertenezca al conjunto de las artes no es un desdoro. Muchas artes han ido y venido por el tobogán y los laberintos del quehacer humano; muchas han sucumbido (...) . Es evidente que a los inventores del cine, a los hermanos Lumière, les traía sin cuidado que su invento fuera o no fuera un arte. Tampoco le importaba nada en absoluto ni a Griffith, ni a Dreyer, ni a Keaton, ni a Hitchcock, ni a ninguno de los grande directores de la etapa del mudo. Lo que querían era ganar dinero lo más dignamente posible". Félix de Azúa. Diccionario de las Artes.
(2) "Si de algo tienes miedo es de esa sensación irracional de tener miedo". David Saavedra. Cine de Terror. Para pasarlo de miedo.
(3) "Esas guerras que después trataremos de paliar con nuestras misiones humanitarias, nuestra verborrea de funcionario de Bruselas, nuestra hipocresía antiamericana… porque en este cuento, somos nosotros los malos. No hay republicanos fascistas ni familiares de Bush ni la sombra pérfida de Washington. Hay, eso sí, residuos colonialistas —mirando un mapa de África, sigue sorprendiendo la inquietante presencia francesa, ¿les he contado alguna vez que una de las causas del genocidio ruandés fue una disputa francófona? Mejor otro día, no se me vayan a deprimir—. Residuos de una Europa sonriente, encantada, dialogante. Podrida". Jorge Mauro de Pedro. Historias para no dormir. Miradas de Cine.
(4) Observar cómo la presencia y la actitud de algunas multinacionales puede afectar directa o indirectamente a las poblaciones con las que Médicos Sin Fronteras trabaja, y examinar el impacto negativo de algunas empresas multinacionales en dichas zonas, es el objetivo principal de Globalización, multinacionales y poblaciones en peligro, de Vanessa Kanoui. Interesados en estos temas pueden echar un vistazo, además, a El negocio de la gripe aviar, o bien leer entre líneas este otro artículo publicado por Alejandro Nadal en el mexicano La Jornada y sacar, si se atreven (y es posible), sus propias y arriesgadas conclusiones.
(5) Muerte no distribuida únicamente por la "iniciativa privada", sino legalizada y administrada (al menos, en esta "ficción") por la "iniciativa pública". 1.500 puestos de trabajo en Gales, obra munífica de la benemérita multinacional, hacen que el gobierno (¿laborista?), o al menos algunos funcionarios del gobierno, observe con buenos ojos las andanzas de la compañía farmacéutica. ¿Iniciativa privada? ¿Iniciativa pública? En fin...

Artificio

Artificio

De aquí no se va nadie. Nadie.
Ni el místico ni el suicida.
León Felipe. Pie para "El Niño de Vallecas", de Velázquez.

Al juego habitual que se juega ahí afuera, en el exterior profundo y oscuro, en ese otro lado de la pantalla o lienzo, responde el pulso milimétrico con un gesto familiar apenas ensayado, con una primera pincelada fugaz sobre la faz de un planeta, con un golpe de mando, imperceptible, que transforma lo mirado (¡lo de siempre!) en una forma ignorada del asombro. No es que hayamos renunciado –le explico a Lezcano- a los placeres del mundo y de la carne, no es eso; es que afuera, ahí afuera, en el exterior profundo y oscuro, todo nos exige, apresuradamente, una muestra irrefutable de aprobación, opinión o respuesta; y nosotros, ¡acabáramos!, no estamos ni mucho menos interesados. Aunque la situación parece bastante más calmada que hace unos días (los automóviles arden ahora en menor número), permanecemos fieles a este templo sagrado de lo sombrío y de la penumbra. Al fin y al cabo, estamos situados justo en el centro, en el centro mismo de la cueva, al lado de Francisco Lezcano ("El Niño de Vallecas", "El Vizcaíno") y de algunos anacoretas pintados (¡también pintados!) por la mano firme de José de Ribera. La cueva, situada a orillas del Guadiana o del Tormes, del Júcar o del Guadarrama, no permite un estilo distinto de habitar, un nuevo lenguaje, desacostumbrado y tenso; pero, en cambio (¡y aquí está lo maravilloso!) nos ofrece una vista privilegiada de las aguas más profundas, más oscuras, del Loira y del Garona. Las columnas de humo que surgen de las nervaduras urbanas de ciudades como Burdeos, Toulouse o Lyón, nos ofrecen una radiografía aproximada de los sucesos; sin embargo, los hilos conductores de esos adolescentes que anhelan follarse a Francia, dicen, para que Francia se enamore de ellos, no parecen corresponderse con nuestra primera versión de la realidad (es decir, con nuestra versión primaria, al menos, de la realidad). ¿Qué es lo que verdaderamente ha fallado –me pregunta Lezcano- en todo este asunto? ¿La integración francesa, el multiculturalismo y el laissez faire británicos, el gastarbeiter alemán? ¿El ministro populista, el estado pesado, burocrático, inexistente? ¿El presidente de Carrefour, la iniciativa privada? ¿Doppy Gomis y los chicos de Saint-Denis? ¿La propaganda televisiva? ¿La banda sonora? Asomados al borde de la cueva, le explico a Lezcano que nosotros también hemos fallado, que nosotros permanecemos en la cueva, en silencio, porque no sabemos nombrar las cosas (1), pero que este es un asunto que resolveremos más tarde. Cuando Tariq Ramadan nos recuerda que, a las buenas o a las malas, la historia nos enseña siempre a compartir, San Onofre, que habita en un extremo incierto de la cueva, al borde de un abismo, acierta a pensar en la black-box de Lorenz (2), pero, en cambio, no consigue articular palabra. Lector impenitente de Rafael Sánchez Ferlosio, San Onofre acepta como suyo ese pecio invencible del vecino de Coria con el que se abre Vendrán más años malos y nos harán mas ciegos: "Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere". Por otra parte, tampoco conocemos en realidad cuál es nuestro "proyecto", y sólo podemos observar, algo asustados, los alrededores de Ceuta y Melilla, o el brillo exasperante de la propaganda navideña en un mundo crepuscular que ya no existe. ¿El derecho, postergado (3), a la ciudadanía? ¿El estado del malestar, por tanto? Lezcano (que, según el Doctor Moragas, "sufre de un cretinismo con oligofrenia y las habituales características de ánimo chistoso y fidelidad perruna"), ante este panorama, juega con un pincel de mango y brocha, cortos y planos, que le he prestado para que, al menos, permanezca entretenido. Al juego habitual que se juega ahí afuera, en el exterior profundo y oscuro, en ese otro lado de la pantalla o lienzo, le prestamos un interés escaso que va desapareciendo, poco a poco, con la caída de la noche; la cueva se ilumina entonces con el color característico de las grandes ocasiones, de los grandes acontecimientos. Antes de que la oscuridad lo cubra todo (cueva, abismo y artificio) las cosas mudan, desaparecen; entonces y sólo entonces, Lezcano y yo, ya más tranquilos, aparentamos dormirnos.
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(1) Michel Foucault, en una descripción imprescindible de un cuadro de Velázquez, precisa con exactitud la dificultad de "nombrar las cosas": "por bien que se diga lo que se ha visto, lo visto no reside jamás en lo que se dice, y por bien que se quiera hacer ver, por medio de imágenes, de metáforas, de comparaciones, lo que se está diciendo, el lugar en el que ellas resplandecen no es el que despliega la vista, sino el que definen las sucesiones de la sintaxis". Michel Foucault. Las palabras y las cosas.
(2) "Una de las teorías etológicas de la agresión más populares- y aun también más divulgadas- es sin duda la que K. Lorenz pudo presentar en su libro Sobre la agresión, el pretendido mal. El modelo termohidráulico expuesto por Lorenz (también conocido entre algunos etólogos y psicobiólogos como el retrete de Lorenz con no poco cachondeo), postula una explicación de la agresión basada en la representación de una black-box que segrega out-puts en dependencia no sólo de los in-puts si no también de sus estados internos. Naturalmente que sin perjuicio de que el modelo de Lorenz sea útil a efectos heurísticos -sirva por ejemplo para diseñar experimentos o para organizar predicciones- nadie esperaría encontrar una tal black-box entre las vísceras o los hemisferios cerebrales de un animal". Iñigo Ongay. Ética, etología y moral. Las bases biológicas del comportamiento ético. Seminario F.I.C.E., universidad de Deusto, 2001.
(3) "Estamos presos en una trampa: la autoridad en nombre de la cual reclamamos la facultad de repeler a los transeúntes para conservar el privilegio de nuestro bienestar es la misma que la producción de ese bienestar destruye progresivamente aboliendo las fronteras y derribando las barreras". José Luis Pardo. Alambradas preventivas.

El explorador y el silencio

El explorador y el silencio

Oportunamente (uno no está para nada), recibo una cita circular, esférica, piedra o bola del mundo que me alivia y me consuela al menos por unos minutos. Escribe Bajtin, refiriéndose a la "cita" y a la intertextualidad: "Un sentido revela sus profundidades al haberse encontrado y entrado en contacto con otro sentido, con un sentido ajeno; entre ellos comienza algo así como un diálogo que supera el encierro y la unilateralidad". Me la envía amablemente Magda desde Xalapa, Veracruz. Magda o cómo imaginar un rostro que nos habla silenciosamente desde el otro lado.

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"Sin novedad en la frente", titulaba Ramiro Cabana, hace unos días, su sección Tele por un tubo en Libro de Notas. "Sin novedad en la frente" leía yo y, al mismo tiempo (bueno, minutos después para ser más exactos), saltaba en la terraza en busca de la cuerda del tendedero y me abría oportunamente la cabeza (la frente, sí, para ser más exactos) al chocar (¡qué ridículo!) con los soportes de sujeción del aparato del aire acondicionado. Ya en el hospital, intentaba explicarle a la enfermera (¡cómo hacerlo!) lo sucedido: "Yo soy mi propio Valdemor, señora –acerté a decirle-, y todo lo hago por amor a la literatura. Si es tan amable, me gustaría que mi cicatriz se asemejara en lo posible a la cicatriz del mago Harry Potter".

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Mareando la perdiz, la esfera, piedra o bola del mundo. Ian McEwan, a propósito del trabajo, en el suplemento de los libros:

"Me parece un área de la experiencia que no se explora mucho en la literatura contemporánea. No me refiero al trabajo en el sentido marxista de opresión o desde la perspectiva de que somos esclavos del trabajo. Conozco a mucha gente, incluido el tipo que está pintando la habitación de arriba, que siente gran satisfacción con el trabajo y sus connotaciones de autoidentidad, estatus profesional... La liberación fruto de una concentración profunda no se describe ni se celebra lo suficiente. Estar absorto en el trabajo es uno de los placeres de la vida. No se corresponde exactamente con la felicidad, puesto que en ese momento ni siquiera sabes que existes y, sólo cuando terminas la tarea, saboreas esa libertad. Como dice Perowne: "Estás entonces totalmente cualificado para existir".

Aunque cerca de allí, tan sólo unas páginas más a la derecha, la mirada ácida del antropólogo, la mirada de Albert Sánchez Piñol, que nos enseña otra cara, bien distinta, de la misma moneda:

"Nosotros tardamos, con suerte, veinte años en pagar una casa. Los pigmeos construyen la suya en menos de una semana. Trabajamos ocho horas diarias. Lo pigmeos, ocho semanales. Nuestra libertad nos la da el despertador cada lunes. Claro que todo tiene su coste: ellos mueren antes. Podrías darles una lavadora, pero sabiendo que tendría un coste".

Dependiendo del contexto, los hay que pensarán que no resulta nada interesante eso de "ellos mueren antes". Dependiendo del contexto, los hay que pensarán que no resulta nada interesante saberse ya muertos.

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Consagrado (con sangrado, si lo prefieren) al dios Marte, el dios romano identificado con el Ares helénico, dios de la guerra, pero también dios de la juventud, de la primavera y de las nuevas residencias, damos la bienvenida al nuevo hogar electrónico de Cayetano Lupeña. El descanso de Marte, podríamos decir, con permiso de Diego Velázquez. Bienvenidos los dioses a este páramo de insignificantes humanos.

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Descartado que este silencio (el de aquí, el de ahora mismo) tenga nada que ver con el silencio de "lo místico" (Wittgenstein: "Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo; esto es lo místico"); y descartado que este silencio (el que ha sido, el que sin duda se avizora) tenga nada que ver con otros silencios místicos (Juan de la Cruz, Miguel de Molinos, José Ángel Valente), encuentro en María Zambrano y la mística española una categoría de silencio que me resulta, al menos, esperanzadora. El silencio positivo de María Zambrano –nos cuenta Lluis Llera Cantero-, crea la palabra, convirtiéndose en condición de toda desvelación o descubrimiento, permitiendo que la palabra, inspirándose en el silencio, nos haga presente el mundo.

Para buscar el descanso, como muchos otros antes que yo, seguí el consejo del maestro murciano Ibn Arabi: "No calla quien calla, solamente calla quien no calla". La paradoja y la contradicción iluminan mi mundo y ahora, cuando busco de nuevo el silencio, ya estoy anhelando, a su vez, el ruido ensordecedor de las palabras.

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Me pesa la responsabilidad. Me pesan los imitadores desesperados de Sergei Bubka asaltando la valla de Melilla y los hijos y los nietos de anteriores desesperados envolviendo en llamas el lugar del sueño de sus padres y abuelos. Me pesa el virus H5N1, la Organización Mundial de la Salud y sus siete millones de muertos futuros. Me pesan los neocon y la desnudez absoluta, inmaterial, imposible, del aula de la escuela pública donde estudian mis hijos. Me pesa la esfera, la piedra o bola del mundo; me pesa el peso de la responsabilidad y no consigo doblegar este peso.

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El explorador de Bernardo Atxaga trabaja dentro de los límites de un metro cuadrado de tristeza. ¿Qué otra cosa –pregunta Atxaga- podría ver un explorador cansado? Mi metro cuadrado de tristeza, en cambio, es a veces tan extenso como un metro cuadrado de infinito; me dispongo a explorarlo todo, a compartirlo todo, si no me fallan las fuerzas. "El pez –escribe James L. Peacock- es el último en comprender el agua, y quizá lo haga contrastándola con la tierra". La comparación entre lo ajeno y lo familiar siempre debe desarrollarse en un ámbito ajeno. El trabajo de antropólogo, ahora, de explorador; el trabajo de campo: el metro cuadrado (infinito) de tristeza.

Obstinaciones (y IV)

Obstinaciones (y IV)

Antes de soltar lastre (definitivamente), o de cerrar (ahora sí) una etapa; de cerrar una puerta o (según se mire) de abrir una puerta nueva y desconocida, le debo unas notas a una cuestión tan evidente como enfermiza, una mención a una de esas cosas tan a la vista de todo el mundo que, a veces, sin quererlo, nos pasa desapercibida. O no, no pasa desapercibida (¡cómo iba a pasar desapercibida!), y estoy intentando engañarme y engañar a todo el mundo. O escribo, sí, tan sólo es eso, y eso es lo que hago continuamente, aunque también pudiera ser que no, que yo no hubiera escrito nunca ni una sola línea propia, al menos ni una sola línea original, ni una línea propiamente mía (se entiende). Y, si no se entiende, siempre se puede acudir al Diccionario Filosófico de Fernando Savater (que para algo están los amigos) y disfrutar del mayor elogio y de la síntesis más acertada de aquello que, a fin de cuentas, me traigo ahora entre manos. "Citar es un arte –escribe Savater- mancillado por la proliferación de incompetentes y pedantes". Y siempre me queda el consuelo, espero, de pensar en que sólo llegue a alcanzarme la categoría de "incompetente", porque la de "pedante" como que no, que no me gustaría, vamos, aunque también pudiera ser que sí, ¡quién sabe! Que abuso y he abusado de las citas es algo a la vista de todos, no sirve darle más vueltas; pero estaría en mi intención, en todo momento, hacerlo desde ese par de gestos a los que alude Savater acertadamente en su Diccionario. "¿Por qué citar? –se pregunta Savater-. Hay dos razones: la modestia y el orgullo. Se cita por modestia, reconociendo que el acierto que se comparte tiene origen ajeno y que uno llegó después. Se cita por orgullo, ya que es más digno y más cortés, según dijo Borges (¿me perdonarán la cita?), enorgullecerse de las páginas que uno ha leído que de las que ha escrito". En último término, yo tampoco tendría demasiado problema en asumir el distinguido título de discípulo de Severino Boecio, , aunque mi memoria queda a años luz de su insuperable hazaña; y nada más lejos de mi intención, a fin de cuentas, que pretender esa vulgaridad suprema de “no deberle nada a nadie”. Todavía no estoy preparado para ello (¡Dios me libre de intentarlo!), ni mi situación se parece, ni de lejos, a la del bueno de Leopoldo Mª Panero, quien a la pregunta de "¿Por qué cita constantemente?" responde: "Para ser escuchado y creído. Y no desoído sistemáticamente, como siempre". Afortunadamente, a mí me escuchan y me creen los que deben escucharme y creerme; y los demás no me interesan. Cito porque necesito (o he necesitado) de esas muletas, y cito porque no sé hacer las cosas (no he sabido hacer las cosas) de otra manera. El hombre que hace suyo el pensamiento ajeno con tanta fuerza y convencimiento que hace de ese apoyo algo implícito a su propio organismo, en mi caso, todavía no ha llegado; y no está nada claro que yo tenga capacidad para ello, que vaya a llegar en el futuro. Mientras tanto, me quito un buen peso de encima escribiendo, citando, algunas de mis obsesiones preferidas; y hoy le ha tocado el turno a la "cita". Citar, a fin de cuentas, es un arte que, como todas las artes, como todas las "obstinaciones", conviene saber abandonar a tiempo. Por lo demás, yo tenía que contarlo, y ya lo he contado.

Obstinaciones (III)

Obstinaciones (III)

A menudo suceden estas cosas, este ir y venir de la noche al día y del día a la noche en busca de pruebas, este salto arriesgado y necesario de lo propio a lo ajeno y de lo ajeno, una vez más, a lo propio. Estamos buscando algo, no cabe duda; en determinadas ocasiones bien definido, muy concreto; otras, en cambio, de una manera menos clara, más confusos, esperando que lo inesperado se nos muestre, que lo anhelado al fin se ilumine. Jerome Bruner, por ejemplo, explica su experiencia de ida y vuelta en los siguientes términos: "Hace más de veinte años –escribe Bruner en Realidad mental y mundos posibles-, cuando me encontraba ocupado investigando el carácter de lo psicológico y el desarrollo del pensamiento, tuve una de esas crisis leves tan endémicas entre los estudiosos de la mente. Lo apolíneo y lo dionisiaco, lo lógico y lo intuitivo, estaban en lucha.(…) Además leía novelas, iba al cine, me dejaba atrapar por el conjuro de Camus, Conrad, Robbe-Grillet, Sartre, Burgess, Berman, Joyce, Antonioni." Al menos, tanto ir y venir de un lado a otro del conocimiento acaba teniendo su justa recompensa: después de la crisis, del temido encontronazo, sobreviene a veces el producto de la crisis; en el caso de Bruner las "dos modalidades de pensamiento" de las que hablábamos aquí hace bien poco. El tráfico incesante de un lugar a otro tiene, en cambio, en algunas ocasiones, un marcado aire de desencanto. En el caso de Houellebecq la investigación se ha tornado balanza en desnivel o ciertamente descompensada, por lo que parece que Michel no ha buscado bien o –lo que parece mucho más grave- desde un principio no ha entendido nada: "Me ha costado mucho admitirlo –comenta en una entrevista reciente en Le Monde-, pero la filosofía tiene mucho de literatura, y quien dice la verdad no es la literatura. Sólo la ciencia dice la verdad. Y su verdad se impone.(...) Es una pena. Lo siento también por Schopenhauer, a quien admiro, pero es la ciencia quien dice la verdad. Punto." A pesar del gesto sorprendido de la entrevistadora, y a pesar de todos nuestros gestos de sorpresa, Houellebecq no parece dispuesto a esforzarse lo más mínimo: "el arte, en mi opinión –concluye- no alcanza la verdad". Y claro, dan ganas de remitirle al francés un telegrama urgente aclarándole, como bien aclara José Ángel García Landa desde su blog, que un análisis químico riguroso de un ejemplar del Quijote no "explica" el Quijote, del mismo modo en que, como bien indica Jaime Nubiola en Perspectivas actuales en la filosofía de lo mental, “la pretensión de comprender la consciencia, la subjetividad o la inteligencia humana mediante el estudio físico de las neuronas cerebrales y sus conexiones podría asemejarse al intento de averiguar qué es una tarjeta de crédito mediante su concienzudo análisis al microscopio electrónico". Ciencia y arte, o arte y ciencia si lo prefieren, son dos caras de una misma moneda: mundos como los mundos mismos y los universos hechos de mundos, construidos de múltiples maneras. La verdad, por tanto (o la bola de lana que desmadeja con muy malas pulgas un gato asilvestrado), puede estar, indistintamente, en cualquiera de esos mundos, porque a veces olvidamos –como se encarga de recordarnos oportunamente Nelson Goodman-, que en ocasiones encontramos sólo aquello que estamos dispuestos a encontrar (lo que buscamos o aquello que afrenta fuertemente nuestras expectativas) y que probablemente somos ciegos a aquellas otras cosas que ni nos ayudan ni obstaculizan nuestros propósitos. Abandonar por unas horas a Proust para centrarnos con todas nuestras fuerzas en Albert Einstein puede ser tan productivo como dejar de lado por un momento el laboratorio para dedicarnos en cuerpo y alma a nuestra incipiente colección de arte. Esto hace a menudo Jean-Pierre Changeux, neurobiólogo y coleccionista de arte, atrapado también en el carrusel interminable de las idas y venidas; leyendo sus comentarios en Razón y Placer (¿acaso estará entre las lecturas de Houellebecq, me pregunto?) uno acaba entendiendo lo fructífero y aconsejable de ciertos trabases. Escribe Changeux: "las filosofías orientales dan mucha mayor importancia a la sabiduría, a la tranquilidad, a la conciliación, al bien vivir que los sistemas de pensamiento occidentales. En el siglo IV antes de nuestra era, Meng-Tsu aboga por un gobierno de la benevolencia. Confucio recomienda la música como fundamento de la civilización. Instrumento de comunicación subjetiva, el arte, y en especial las artes plásticas, posee, como una especie de ritual, el poder de reunir, de congregar, de reconciliar más allá de cualquier creencia o ideología. El arte explota las predisposiciones de nuestro cerebro para crear 'relaciones' entre razón y placer, para armonizar, como escribía Schiller, 'las leyes de la razón con los intereses de los sentidos'." Si Changuex nos ayuda en la comprensión del arte, qué es la ciencia, en sus manos, acaba resultando una experiencia inolvidable. Valery, en la inmensidad de lo desconocido, dibuja en su libro la figura donde ciencia y arte "son indiscernibles en el proceso de observación y de la mediación para separarse en la expresión, para acercarse en la disposición, para dividirse definitivamente en los resultados", mientras Diderot nos recuerda que la vocación primera de la ciencia es la de "esclarecer", luchar contra la ignorancia y la intolerancia, y D’Alembert utiliza una frase de Francis Bacon en el discurso preliminar de la Enciclopedia ("esto es lo poco que me habéis enseñado, esto lo que os falta por buscar") para recordar la imprescindible humildad de unos y de otros. Si en el proceso de investigación el literato Houellebecq ha sido atacado por un terrible ataque de duda, el científico, afortunadamente, no parece tener ninguna: el patrimonio artístico –su enriquecimiento, su conservación- adquiere, gracias a la potencia de unificación del arte, una dimensión nueva: la de una memoria que se convierte en punto de referencia, en factor de progreso y de creación. Mi propio gesto obstinado repite a su vez, una y otra vez, el mismo recorrido: el viaje que me lleva de un lado a otro del espejo, de una cara a la otra cara de la misma moneda, de la noche al día, del día a la noche, y viceversa. Otra cosa bien distinta es delimitar qué espero o qué busco yo en cada uno de estos viajes, si confío en encontrar al gato salvaje que desmadeja sin piedad la bola de lana o si, por el contrario, estoy convencido de que los conceptos absolutos resultan aquí, en la investigación, absolutamente innecesarios. Como ya he explicado, en determinadas ocasiones lo buscado aparece bien definido, muy concreto; otras, en cambio, de una manera menos clara, más confuso, confiando en que lo inesperado se muestre, que lo anhelado al fin se ilumine. No obstante, una invariable tenaz parece sugerir con frecuencia un mismo estilo de trabajo, un claro deseo (¿alguien recuerda los signos de interrogación hincados en el centro de la polémica?) que se repite obstinado como un retorno cronológico, un ciclo de mareas o un resultado lógico. En El juego de las preguntas, Peter Handke moviliza a siete peregrinos en un viaje iniciático al país sonoro, en una búsqueda espiritual guiada bajo un preciso designio: "no es para que nos contesten a una pregunta –escribe Handke- por lo que nos hemos puesto en camino, sino para que, en el silencio del lugar de los antiguos oráculos, cada uno descubra cuál es su pregunta?" ¿Estarán, por tanto, las puertas abiertas, al final del camino, o continuarán obstinadamente cerradas? ¿Conseguirá el gato salvaje hincar sus uñas afiladas en la piedra o bola del mundo? ¿Es esta mi pregunta definitiva o todavía quedan, al final del camino, gatos asilvestrados y preguntas?

Obstinaciones (II)

Obstinaciones (II)

En ¿Qué es el budismo?, escrito en colaboración con Alicia Jurado, Jorge Luis Borges nos narra algunos ejemplos ilustrativos de satori, es decir, de súbito relámpago provocado por la intuición instantánea del koan; de entre ellos, podemos destacar el que, a juicio de Borges, es con mucho el menos oscuro y, por tanto, el más clarificador de todos. Shen-Kuan –nos cuenta Borges-, discípulo y sucesor del Patriarca, Bodidharma, no comprendiendo al principio la doctrina de su maestro y con la intención, no obstante, de mostrarle a éste la fuerza de su fe, decide cortarse el brazo izquierdo. Bodidharma, interrumpiendo su silencio de muchos años, le pregunta qué desea. "No hay tranquilidad en mi mente –responde Shen-Kuan-; hazme la merced de pacificarla". A lo que Bodidharma añade: "Muéstrame tu mente y te daré paz". "Cuando busco mi mente –contesta el discípulo- no doy con ella". "Bien –concluye Bodidharma-, ya estás en paz". "Shen-Kuan –nos dice Borges- recibe una brusca iluminación: comprende la Verdad". No sé si el ejemplo resulta lo suficientemente clarificador, supongo que lo será mucho más para algunos lectores que para otros; pero, al menos, afortunadamente, algo sí que queda claro: Bodidharma llega en el momento justo para evitar que Shen-Kuan pierda también su brazo derecho. En el koan la pregunta obtiene una respuesta que no corresponde a las leyes lógicas; lo propio del satori –nos cuenta Borges-, es el desdén por los esquemas racionales y la primacía de la percepción intuitiva, ajena a la que pueden suministrar los sentidos; la visión final del múltiple universo transformado en una unidad da paso a una sensación de felicidad intensa. Por tanto podemos concluir: Shen-Kuan estaba enfermo y se ha curado: esto es lo que realmente nos importa. En el Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares puede leerse la siguiente acepción: enfermedad: pasión dañosa. ¿Es el pensar, visto lo visto, una pasión irresistible que hace daño? ¿Por qué considera Bodidharma que, extraviada la mente, Shen-Kuan tiene ante sí la paz que tanto anhela? Analogías. En Lo indecible y el Zen en la vida de Wittgenstein, Mario Boero nos da noticia de los múltiples trabajos sobre el filósofo austriaco que encuentran semejanzas entre su forma de entender la filosofía (entre su propia vida) y los fundamentos de la filosofía Zen. Desde William Warren Bartley III hasta K. S. Fann y otros, acabando en el trabajo de John Canfield titulado Wittgenstein and Zen, han sido muchos los que se han asomado hasta el autor del Tractatus desde el balcón oriental de un templo budista. ¿Tenía Wittgenstein por tanto conocimientos de la filosofía Zen? No, parece ser que no; a pesar, incluso, de la lectura por parte de Wittgenstein de los textos de Schopenhauer; pero la cosa no deja de tener su gracia. A los habituados al Zen no les resultarán del todo extrañas reacciones como ésta que nos recuerda Boero: "John King cuenta que él y Wittgenstein escuchan el tercer movimiento del cuarteto de cuerdas en Si Mayor, Opus 67 de Brahms. Una vez acabada la composición King dice que Wittgenstein declara: 'Qué extraño es que en esa época los músicos se preocupan tanto por la pata hendida'." Establecer cuál es la pasión que nos condena es misión de cada uno y a cada uno atañe la búsqueda de solución para el problema; no dudo que habrá muchos a los que no les alcance éste (o eso crean), pero otros lo sufren a flor de piel, casi al borde mismo de la locura, y desean urgente curación de sus heridas. Ferrater Mora entiende que la tendencia última del "pensamiento" de Wittgenstein es la supresión de todo "pensamiento". "Parecía comprender perfectamente –añade Ferrater- que el pensar es el mayor factor perturbador de la vida humana, que no es signo de salud, sino de enfermedad, y que esa es la razón por la cual el pensamiento no puede ser expresado adecuadamente". Y en la otra orilla, en la zona Zen, Kakichi nos recuerda que el sentido original de la voz "zen" proviene del chino tso-ch’an y quiere expresar el "no apegarse a la mente" ni "preocuparse por la inmovilidad". Es el "no tener ningún pensamiento ocasionado por las condiciones exteriores de vida" y no verse perturbado internamente. El monje Zen –como bien apunta Cayetano Lupeña- emplea la caligrafía y la pintura como una vía de curación hasta no necesitarla más. I destroy, I destroy, I destroy, repite por su parte Wittgenstein, incansablemente, obsesivamente, porque no se pueden construir las nubes. "Cuando Wittgenstein –recuerda Norman Malcom- inventaba un ejemplo durante sus clases con el fin de ilustrar un punto, él mismo sonreía entre dientes ante lo absurdo de lo que había imaginado". Planteada la cuestión correctamente (o llevada absurdamente hasta sus últimas consecuencias), no es de extrañar que algún alumno aventajado de Wittgenstein se diera de bruces, como Shen-Kuan, con el súbito relámpago de la intuición instantánea. Y que viera allí donde buscaba ver y, sin saberlo, ya se encontraba viendo; o que no viera nada, absolutamente nada, pero que esto también le sirviera, a su manera, para alcanzar la paz deseada.

El Coaching Ontológico

El Coaching Ontológico

Ante todo aclarar que lo que sigue no es una reseña del libro de Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, editado en Dolmen Ediciones y que amablemente pone en mis manos Fernando, un buen amigo de Córdoba, Argentina, ahora entre nosotros. No, más bien se trata de todo lo contrario: de intentar explicar lo difícil o casi imposible de la lectura, por mi parte, del citado libro, y las causas, más o menos posibles, de este lamentable suceso. Ontología del Lenguaje se presenta como una interpretación de lo que significa ser humano, no desde los antiguos parámetros que, según el autor, han servido de base para observar la vida, sino desde fuera de ellos. Se trata –según Echeverría- de una propuesta posmoderna y posmetafísica que ha recibido la influencia de autores como Maturana, Flores, Searle o Graves, Austin, Heidegger, Wittgenstein o Nietzsche, y que se basa en la tesis principal de que todo fenómeno social es siempre un fenómeno lingüístico. Desde esta perspectiva, Echeverría nos dirige, con saludables intenciones, en un viaje iniciático que nos transporta, a través de un proyecto ético basado en el respeto ("la aceptación de la diferencia, de la legitimidad y de la autonomía del otro en nuestra convivencia en común") a lugares tan poco aconsejables, sin embargo, como las "organizaciones empresariales" donde, según el autor, todo lo importante se desarrolla conforme al fundamento de las "conversaciones"; cualquiera que sea el problema al que una empresa esté enfrentado –apunta Echeverría-, éste puede ser examinado por medio de la observación de su estructura conversacional. Así, la particular fenomenología heideggeriana, los "juegos de lenguaje" wittgensteinianos o la "voluntad de poder" nietzscheana (de la que hablaré más tarde), se proyectan sobre un ámbito viciado e insospechado, el funcionamiento de una empresa, entendiendo que "el futuro compartido permite que aquellos que trabajan en la misma ejecuten acciones desde una base consensual, compartiendo inquietudes comunes y aspirando a metas comunes." ¡Ahí es nada! El libro se desliza de este modo sobre ideas y conceptos indudablemente interesantes, no voy a negarlo, navegando hasta un definitivo capítulo dedicado al "poder" y a determinadas variantes del "poder" (otras, sin duda, se omiten), para finalizar en la cumbre nietzscheana del superhombre y en la vida entendida, también a la manera nietzscheana, como obra de arte; aunque sin perder nunca de vista que, como Echeverría deja claro por su trayectoria profesional (diseñador y director del Curso "Mastering the Art of Professional Coaching", ofrecido con gran éxito en los Estados Unidos y Canadá, y cuya versión en castellano "El Arte de Coaching Profesional" se imparte desde 1993 a personas de América Latina y España) todo queda destinado a la formación de "pioneros y líderes" en diferentes campos. Si alguien está interesado en ampliar sus conocimientos sobre Coaching puede echar un vistazo a la página de la Escuela Argentina de PNL y Coaching o intentar hacerse con un ejemplar del libro de Echeverría. Mis "precauciones", claro está, vienen del hecho de que determinados "medios" se pongan a disposición de determinados "elementos", siendo que mi experiencia particular aconseja profundamente todo lo contrario. No dudo, como ya he comentado al principio, de las buenas intenciones de Echeverría, pero el ámbito de la empresa (y en general el de las relaciones empresariales, y el de la formación de directivos y gerentes como agentes de aprendizaje que guíen a personas y equipos a alcanzar resultados extraordinarios) me interesa tanto como Operación Triunfo, viajar en cohete, o las cotizaciones bursátiles del sector de la energía. Éste es evidentemente mi problema y así me va en la vida, pero ¡qué quieren que les diga!: Dios le da pan a quien definitivamente, y lamentándolo mucho, ha perdido ya los dientes. El análisis del lenguaje siempre me ha interesado como ejercicio de denuncia de la insignificancia del parloteo, como capacidad poética de silenciación de la charlatanería, y no como herramienta de trabajo a desarrollar justamente allí donde únicamente encontramos parloteo y charlatanería. Como escribió Octavio Paz: la poesía es el antídoto de la técnica y del mercado. ¿Que hay que ganarse la vida? ¡Claro está! Pero cada uno en lo suyo. Además, determinadas ideas pueden acabar provocando un curioso efecto inesperado. Y, si aún lo dudan, échenle un vistazo a la página y a la denuncia de la Asociación Argentina de lucha contra las Pseudociencias (en la línea del llamado "pensamiento crítico") y luego me cuentan. Determinados conceptos (estoy pensando ahora en la tan traída y llevada "voluntad de poder" nietzscheana), en manos de determinados artistas del arte dionisiaco de los negocios, pueden ser como la mecha definitiva que provoque, sin mayores dilaciones, una hermosa explosión en cadena; la vida como obra de arte, desde el punto de vista nietzscheano, tiene estas cosas. "También cabe la posibilidad –escribe Félix de Azúa en su Diccionario de las Artes- de considerar determinados acontecimientos, como la Revolución francesa, desde el punto de vista de la fiesta dionisiaca. El derramamiento de sangre puede ser artístico para un nietzscheano, precisamente porque el arte se produce al margen de las razones de estado y por lo tanto no acepta el monopolio de la violencia al que aspira la administración. Pero es asunto delicado. ¿Es dionisiaco un marine ciego de marihuana, bailando sobre la sangre de doscientos vietnamitas recién ametrallados? Seguramente, sí.” ¿Exagero? No, no crean; el funcionamiento de una empresa siempre depara inesperadas sorpresas. En su versión teatral (o en su reciente versión cinematográfica), El Método Grönholm, de Jordi Galcerán, se nos presenta como una metáfora extrema de los posibles comportamientos competitivos derivados del ultracapitalismo. La idea final que transmite "la empresa" parece, en este caso, bastante clara: "no necesitamos a una buena persona que parezca un hijoputa, sino a un hijoputa que parezca una buena persona". La empresa y sus protagonistas merecen, a día de hoy al menos, un capítulo aparte en la espectacular (y, al parecer, insustituible y necesaria) Historia universal de la infamia*; que las sociedades abiertas nos faciliten posibilidades y medios impensables en sociedades cerradas no exime a estos de su correspondiente y justificada crítica. Quizás la Ontología del Lenguaje que nos proporciona Echeverría y el Coaching que se desprende de la misma puedan mejorar en algo el desaguisado; yo, por si acaso, metáforas y exageraciones dionisiacas al margen, me cuidaré muy mucho en comprobarlo.
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*Según Paul de Man, la Historia universal de la infamia borgeana contiene una atractiva galería de malhechores, pero Borges no considera básicamente a la infamia como un tema moral; sus cuentos no sugieren de ninguna manera un cuestionamiento de la sociedad, de la naturaleza humana o del destino. La infamia funciona, en Borges, más bien como un principio formal, estético; todos los mundos creados por Borges en esa galería universal no tendrían forma sin la presencia ordenadora de un villano. "El artista –añade Paul de Man refiriéndose a esos traductores a años luz del carácter intachable de Enno Littman- tiene que ponerse la máscara del villano para crear un estilo". Y esto, precisamente, es lo que caracteriza al carnaval del lenguaje imposible, a la empresa: el baile de disfraces silenciosos sobre un fondo de justificaciones; el estilo que crea la máscara y la máscara que crea el estilo.

Obstinaciones (I)

Obstinaciones (I)

¿Qué es el Arte? ¿Qué es exactamente un Artista? Volver de nuevo a estas cuestiones puede parecer una repetición innecesaria, una acción demasiado obstinada; pero una observación detallada del tema puede desvelarnos ciertas cuestiones que nos ayudarán a entender, al menos, la relevancia de lo tratado. Que el Arte es una cuestión ciertamente complicada es una realidad constatada a menudo por todos aquellos que se acercan hasta ella con un ánimo crítico. León Tolstoi, por ejemplo, no tardó en plantear la necesidad de esclarecer la práctica de una actividad compleja que, por lo visto, viene a suponer más un problema que una verdadera solución: "nos dicen, sin embargo –escribe Tolstoi-, que todo esto se hace en provecho del arte, y que el arte es una cosa muy importante. ¿Será cierto que el arte tiene importancia bastante para cohonestar tales sacrificios? Tanto más urgente es resolver esto cuanto que el arte, en provecho del cual se sacrifica el trabajo de millones de hombres, y por el que se pierden millares de vidas, aparece a la inteligencia de un modo cada vez más vago e incierto". Siguiendo con esta línea de pensamiento, entendemos por qué conceptos como Arte o Artista comparten el dudoso privilegio de complicar nuestra existencia junto con todos aquellos que han sido ya utilizados en la molesta tarea de "perseguir esencias, conceptos puros, procesos inmateriales y fundamentaciones últimas", tan sólo para conseguir con ello, como bien nos indica Silvia Rivera, "crear un reino de fantasmas". Pero vayamos por partes: la Filosofía Terapéutica se encarga de curar las enfermedades filosóficas provocadas por un cierto uso ilegítimo del lenguaje, pero haciendo hincapié sobre todo en un hecho concreto: ésta, la Filosofía Terapeútica, desenmascara la relación existente entre nuestras prácticas y nuestros conceptos porque mantener oculta esta relación empobrece enormemente nuestra capacidad de acción. Es decir, al buscar explicaciones inapropiadas o teorías imposibles estamos perdiendo de vista la cuestión más importante; en realidad, la única cuestión por la que se justifican estas líneas. Cayetano Lupeña nos lo recuerda una vez más en un comentario en Libro de Notas: "Artista es en mi opinión –escribe Cayetano- un hombre autoconstruyéndose, incompleto, enfermo (en cuanto que no está equilibrado y sereno en el mundo)". Cayetano introduce aquí una importante novedad: el hombre que se dedica al Arte, es decir, el Artista, está enfermo, muy enfermo, por lo que no parece de más emparentarlo también con una Filosofía que se dice así misma "terapéutica"; de lo que se trata en ambos casos, a fin de cuentas, es de intentar "salir del laberinto". ("Una figura nos tuvo cautivos. Y no podíamos salir pues reside en nuestro lenguaje y éste parece repetírnosla inexorablemente"). Pero hay más: en el fondo, lo que nos estamos jugando es la forma correcta (ética o estética, si lo prefieren) de entender la vida. El "sentido común", que siempre me acompaña cuando visito algún museo de arte, no deja de repetírmelo: "contemplar todo esto –comenta el sentido común ante las obras expuestas- no tiene para mí el menor interés, la menor trascendencia; lo que me gustaría, sin duda alguna, sería poder crear cosas como éstas, mis propias creaciones, mis propias obras de arte". Conceptos, prácticas sociales y sentido común llegan así unidos al final del camino solicitando de nosotros un gesto afirmativo; porque de este gesto afirmativo, de este salir del laberinto para alcanzar el equilibro y la serenidad en el mundo (¡por qué no: de este "ver el mundo con ojos estéticos"!) depende el resultado final de las investigaciones. Cuando Isidoro Reguera nos recuerda la influencia de Wittgenstein como objeto específico de arte, como materia artística, y no sólo como teoría estética, lo hace hincando con fuerza los signos de interrogación en el centro mismo de la polémica: "Por algo será –concluye Reguera- ¿No será porque 'ética y estética son una y la misma cosa'?" Ética y Estética son una y la misma cosa porque, finalmente, una vez abandonado el laberinto, una vez curados del todo de la enfermedad que nos afectaba, podemos estar seguros de haber elegido el camino correcto. Y exclamar, al fin, felices, como exclamó el artista Oteiza: "he sabido vivir"; o bien exclamar: "dígales que mi vida ha sido maravillosa", como exclamó el artista Wittgenstein a la Sra. Bevan, su cuidadora, poco antes de morir.

El Hombre Narrativo

El Hombre Narrativo

Como en otras ocasiones, la velada, después de la cena, se convierte en campo minado para psicólogos y exploradores. A ella, parece, siempre le gusta revolver en la basura de la vida, levantar la pesada piedra, una y otra vez, donde se esconde sigiloso el escorpión de la memoria. Y está justificado que así sea, no lo dudo: ella tiene cuentas pendientes muy importantes; las consecuencias, por tanto, más allá de lo que aconseja una excelente noche de agosto, suelen ser devastadoras. Cuando avanzamos por lugares comunes todo parte de un guión bien definido donde cada cual cumple con su papel y luego desaparece. Nosotros mismos, por ejemplo, a pesar de las apariencias, también estamos allí, en aquel tiempo, y también acabamos juzgados, absueltos o condenados. Como en otras ocasiones, yo intento que todo sea lo más leve posible, lo más fugaz e intrascendente; pero ella no tarda en hurgar a conciencia en la herida (¿con veladas intenciones humanitarias?), en mostrar una interpretación de los hechos que siempre me hace perder los papeles. Sí, le digo, yo estuve allí, te juro que me acuerdo de todo y de todos, pero guardo en mi memoria una versión diferente de todo ello. ¿No recuerdas cómo estuve a la altura de las circunstancias aquella jornada en que debía decidirse una parte importante de nuestras vidas? ¿No fui yo quien se levantó sobre la miseria y evitó la llamada de las aguas negras del río? Lo peor, no obstante, es que ella suele mostrarme sin piedad las grietas de mis historias, lo ineficaz e inestable de mis giros y adaptaciones. Y que la noche, más tarde, acaba consumida entre guiños oscuros de inseguridad y vacío.

El Constructivismo Psicológico, en su modelo narrativo, nos enseña que cada uno de nosotros tiene para sí un relato de su propia vida y que nos pasamos ésta contando historias, todas verídicas, que vamos extrayendo de nuestra propia biografía. Al trasladar estas narraciones (y creo que, por lo que he relatado más arriba, éste podría ser mi caso), fijamos recuerdos y eliminamos a su vez ciertos desgarros internos; creamos, por lo tanto, nuestra propia identidad, la retocamos de forma sucesiva, vamos dando consistencia al sentimiento de nuestra existencia; nos otorgamos significación porque justificamos y cargamos de congruencia nuestras actuaciones pasadas y vamos perfilando nuestro sentido teleológico, lo que nos da razón de ser. Resumiendo: nos imaginamos un rostro que nos justifica, construimos el tejido con el que, llegado el caso, superamos una depresión o evitamos la tentación del suicidio. Nuestra representación del mundo –sigue aclarándonos el modelo narrativo-, y aun nuestra propia identidad, no se corresponden con una descripción estática y fija, sino que son una historia viva o dos versiones de la misma historia, que se desplazan evolutivamente al ritmo y compás con que el propio narrador se desplaza por el tiempo.

El psicólogo cognitivo Jerome Bruner, en uno de sus libros fundamentales, Realidad Mental y Mundos Posibles, nos explica lo que considera las dos maneras diferentes de conocer, es decir, las dos modalidades de funcionamiento cognitivo. Las modalidades de pensamiento que Bruner distingue son el modo de pensamiento paradigmático y el modo narrativo. El modo paradigmático sería el propio de la comunidad científica, elaborado con sus métodos tradicionales. El método narrativo, en cambio, es el mundo de las historias y de las intenciones que transforman el tiempo; el pensamiento narrativo consiste en contarse historias de uno a uno mismo y a los otros, construyendo un significado con el cual nuestras experiencias adquieren sentido. Alfredo Ruíz, del Instituto de Terapia Cognitiva de Santiago de Chile, en La Narrativa en la Terapia Cognitiva Post-racionalista, ilustra cuestiones sin las que me hubiera sido imposible edificar este artículo, pero lo más impresionante, sin duda, es ese final, El Hombre Imaginario de Nicanor Parra, con el que él, a su vez, concluye el suyo. Yo, por mi parte, humildemente, he transformado El Hombre Imaginario de Nicanor Parra en El Hombre Narrativo; sigo pues inventando, una vez más, a mi manera, mi propia epopeya. “Todo ocurre en nuestro universo mental”, escribió René Magritte rodeado de nubes y cabezas que parecen nubes. Un universo mental y narrativo, mi propio universo en definitiva, que a veces inventa y se cuenta historias.

El lector de prólogos

El lector de prólogos

Un ejemplo de construcción de mundos según Macedonio Fernández:

Por cierto que había mucho que pensar; los días transcurrían de un tiempo a esta parte y, sin embargo, no se aclaraba el misterio (todos ignorábamos que hubiera uno) en el puente proyectado. Primero: se nos hizo conocer un dibujo del puente tal y como estaban de adelantados sus trabajos antes de que nadie hubiera pensado en hacerlo existir; segundo: dibujo de cómo era el puente cuando alguien pensó en él; tercero: fotografía de transeúnte del puente; cuarto: ya está el primer tramo empezado. En suma: que el puente ya estaba concluido, sólo que había que hacerlo llegar a la otra orilla porque, por una módica equivocación, había sido dirigida su colocación de una orilla a la misma orilla.

Por una módica equivocación (cuestión de libros, cuestión de bibliotecas) me encuentro ahora con Macedonio Fernández (Manera de una psique sin cuerpo, relatos, poesía y metafísica), cuando hubiera resultado de mayor utilidad habérmelo encontrado mucho antes. Entonces (1975 o 76, ahora no recuerdo) yo empezaba mi extraordinario bachillerato, esa caída del muro del pasado que arrastró todo a su paso, tan inconcluso al final como la propia obra de Macedonio, tan irrealizado, irrepetible y singular como el relato de mi propia vida. Mi profesor de literatura (un hombre joven del que guardo un grato recuerdo) bromeaba con los gruesos dedos que asomaban, inquisitivos, a través de sus sandalias. En aquel comienzo del bachillerato, este hombre joven nos obsequió con Crimen y Castigo como punto de partida de nuestra incipiente experiencia literaria. Todavía, al menos en mi caso, la literatura no tenía la fuerza ni ocupaba el espacio completo que ocupa ahora; pero, además, la densidad de aquel novedoso volumen y el apellido de aquel ruso desconocido tampoco invitaban demasiado al esfuerzo. ¿De dónde sacar tiempo, en aquella cadena irrefrenable de descubrimientos, para sumergir la nariz en aquella ensalada imposible de letras? Con el libro en las manos, sin embargo, descubrí por primera vez las maravillas ocultas en un excelente prólogo y, sin pasar más allá de él (¿para qué?, pensé entonces) solucioné sin mayores apuros la primera prueba de fuego de la literatura a la que fui sometido. El prólogo, y bastó sólo el prólogo, me sirvió para obtener un lujoso “Sobresaliente” (¿quizás el único de todo el bachillerato?) en un trabajo sobre un libro de Dostoievski que jamás leí ni he leído después, pasando a engrosar desde aquel mismo momento (aunque bien es cierto que por una causa no del todo “ajustada a derecho”) la imprescindible e interminable lista de lectores de prólogos; es decir, de “lectores de comienzos” que, como todo el mundo sabe y Macedonio Fernández se encargó, una y mil veces, de recordarnos, son los lectores perfectos.

En su Prólogo para la Mayoría (la de lectores de comienzos) de Una novela que comienza escribe Macedonio:

El poco disimulado género de los “lectores de comienzos”, el más probado, decidido y celoso de su comodidad, creo que aquí no se hará esperar en felicitarme y darme ánimo para no ulteriorizar esta Novela que comienza para que no trueque mi obra con seguirla y no me despeñe estirando a más tan concluido comienzo. Santo consejo.

Desde entonces (desde aquel inexistente encuentro con Macedonio Fernández), invariablemente he leído prólogos, sí, y he comenzado cientos y cientos de libros (muchos en suspenso todavía, allí, al comienzo) que se han ido superponiendo unos encima de los otros sin un rumbo definido, sin marcación de prioridades o tiempos, hasta completar la más hermosa, irrealizable, e incompleta novela de la vida, una novela con todas las características que tanto apreciaba Macedonio, un libro a fin de cuentas en permanente construcción: un libro perfecto.

La obra de Macedonio Fernández, desde esta perspectiva, es un conjunto de prólogos a una novela que nunca comienza; pero su Estética obedece a un cuidadoso plan que tiene, además, a la Realidad como último e incómodo destinatario. La Estética de Macedonio comienza por definir, con precisión, la función del Arte:

Todo el Arte –escribe Macedonio- está en la versión o Técnica, es decir, en lo indirecto, y el horror del Arte es el relato y la descripción, la copia como fin en sí, la imitación del gesto y de las inflexiones de voz; en fin, hacernos ir al teatro para ver allí lo mismo que vemos en la calle.

La Realidad, así, se muestra como el verdadero enemigo a batir, el tablero de juego donde se desarrolla la partida definitiva:

El problema de la naturaleza de la realidad -comenta Tomás Guido Lavalle- es sitio hacia donde con más terquedad dirige este pensador su prolija metralla de argumentos, intuiciones, obsesiones e ideas. La realidad tal cual ha sido entendida desde Kant le molesta soberanamente, le resulta un impedimento vital.

Y será así desde el principio de todos los principios, aunque sólo a partir de la muerte de Elena, su mujer, la cuadratura del círculo se estrecha y cerrará por completo. El Arte, a partir de ese momento, tendrá un componente claramente liberador y terapéutico, siendo el mundo que continuamente levantará Macedonio un mundo donde, como el mismo escribe, “Muerte rige a Vida”, sí, pero sobre todo un mundo donde “Amor niega a Muerte”. En el instante irrepetible, el Amor anunciará la eternidad sobre todas las cosas, y estaremos en un espacio y en un tiempo salvadoramente definidos, en un presente distinto que Macedonio construye para todos nosotros y para él mismo.

El presente –escribe Fernando Rodríguez Lafuente en su introducción (¿otro prólogo?) al Museo de la Novela de la Eterna- es lo único que existe y, a esta aseveración de origen filosófico, se une una preocupación estética que interesaba a Macedonio desde las primeras décadas del siglo: el hecho literario puede abolir definitivamente el mundo exterior, y al desaparecer todos los hechos materiales desaparece la muerte; el fundamento del Arte es la abolición de la muerte.

Así, en mayúsculas: EL FUNDAMENTO DEL ARTE ES LA ABOLICIÓN DE LA MUERTE. Porque esto, llevado hasta sus últimas consecuencias, fue Macedonio Fernández. Bueno, esto y ciertas cuestiones no menores que ahora mismo no tocan. ¿Alguien se imagina a Julio Cortázar sin Macedonio, al mismísimo Jorge Luis Borges sin Macedonio Fernández?

Hablado de Borges: mientras preparo los próximos prólogos, los comienzos venideros que me acompañarán, sin duda, en batallas futuras contra las pequeñas muertes domésticas, cito a Borges y cierro aquí, y así, la cuestión “Estética” (al menos por esta jornada).

He poseído tantas estéticas –escribió el argentino- que ahora estoy cansado. Poseo un museo de estéticas en casa.

La oscuridad silencia un valle, imprevisto, donde lo más “estético” es el calor de los árboles frutales; un mundo comienza de nuevo en mis manos o en manos de Macedonio Fernández. El suave encantamiento se abre “a todas las brisas de la Vida” porque así es el mundo y así lo concebimos; porque así no pasa nada y, cuando pasa siempre tenemos a mano LITERATURA.

¿Qué? ¿Hace otro prólogo?

Frigiliana (Málaga)

15 de agosto de 2005

El fin del verano

El fin del verano

Carles Galindo, Fusta húmida, Óleo sobre viejo panel de puerta.

Para acabar con ello, para acabar con este verano que ya se acaba, basta sencillamente con intentarlo, con intentar escribir sobre una ola y observar, ya derrotado, que ésta se aleja irremisiblemente, más allá de todo lo permitido, definitivamente. Si la ligera brisa o el sol del calendario, en un mar en calma, forzó irregularidades sobre la superficie del agua, ahora este viento canalla se ha congelado o da marcha atrás sin mayores miramientos, sin importarle apenas quién queda y cómo queda sobre la madera húmeda. Ya lo avisaba, en otro año lejano e idéntico a este mismo año, J. V. Foix, solo y dolido, cuando comprobó, como yo compruebo ahora, que algo así no encajaba, y comenzó a preguntarse y a construir sonetos sobre otra ola canalla que también en aquel mismo momento se andaba ya retirando, sobre una madera húmeda que emergía de los restos de la erosión activa del litoral. Dic: -La mar ¿és? ¿I tu? ¿I la platjola on fórem u? ¿I el calabrot? ¿I el bot? “Digo: ¿hubo mar? ¿Y tú? ¿Y aquél islote que nos unió? ¿Y el bote? ¿Y el calabrote?” Porque el verano llegó puntual con aquella ola y acampó entre nosotros como una mentira o una amenaza. Porque no engaña quien quiere sino quien puede, y es propio del verano el naufragar de olas, el espejismo. Un Van der Graaf de 1969 en edición holandesa, pescado al azar entre libros ingleses y alemanes en el mercadillo de los martes de Nerja, es mi souvenir marino de este verano. Maldito verano que ahora viaja en esa ola canalla y que ya se acaba, como todos los veranos.

Engel

Engel

Tampoco tengo claro a qué clase de género pertenece esto, ni qué utilidad tiene –si es que acaso llega a tener alguna. Lo que aparenta es tan sólo la explicación particular de una carencia; un carácter, un estilo desnudo. El agua misma pertenece entonces a su propio cauce, a su fina lámina de encuentros y transportes, pero únicamente hasta que el río se desborda. Lo confirma Julio Villanueva Chang, director de la revista peruana Etiqueta Negra desde las páginas del Letras Libres mexicano del mes de agosto: un cronista no tiene escapatoria del pasado: trabaja siempre con recuerdos. Por eso, cuando ella levanta la voz (una voz más joven en esta ocasión, insólita, con más energía) ha pasado más de un mes desde el encuentro y todo parece representado en un cuadro inmóvil, silencioso, aunque los objetos no tardan en tomar contacto inmediato con la elocuencia. El sujeto, sí, dice ella, o la invención del sujeto, o el reconocimiento del sujeto; y Bordieu a lo lejos, sobre la terraza plataforma, y yo que me doy cuenta de que allí, en el lugar de la conversación, me encuentro extrañamente incómodo (no me llegan las ideas, no me sirven de nada las palabras), y el cambio social de nuevo (¡algo tenemos que hacer!, me dice, ¡“la revolución” es ahora un slogan publicitario de una conocida entidad bancaria!), y bla, bla, bla, y etcétera, etcétera. Luego, algo más tarde, sin apenas darme cuenta, la cabeza huye de allí y, sin pensarlo dos veces, ya estoy otra vez de vuelta. ¡El pasado! ¿Dónde, sino, iba a encontrar el cronista (o lo que sea) materia de trabajo?

Fernando Rodríguez Genovés (a propósito de la conversación de la terraza: ¡aquí huyo mi cabeza!), en El consejo de Wittgenstein:

Es conocida la anécdota que relata el encuentro del filósofo Ludwig Wittgenstein con un vecino de Puchberg, pueblo austriaco donde se retiró el filósofo vienés huyendo de las alturas de la cátedra universitaria, esa “muerte en vida” como la calificó, para dedicarse a la pedestre pedagogía de la enseñanza primaria. El lugareño, inflamado por la proclama socialista y ávido de Revolución, le confesó al filósofo que su máximo anhelo era cambiar el mundo, mas no estaba muy seguro de cómo hacer semejante cosa o extremosidad. Wittgenstein le contestó: “Pues mejórese a usted mismo; eso es lo único que puede hacer para mejorar el mundo”.

Tampoco estoy seguro de que fuera ésta la respuesta que quedó en silencio, pero las cosas cambian rápidamente en la memoria y bien pudo ser así –o de otra manera, ¡quién sabe!. Días después, Ana María Moix glosaba en el periódico las virtudes insustituibles de Juan García Hortelano y la cronista catalana cerraba así un circulo abierto en una terraza plataforma con las últimas sombras del verano. “Una bondad más escasa aún que la mismísima bondad: una bondad inteligente. Era una bondad tan inteligente (la de García Hortelano) que procuraba esconderla para no ofender.”

Me gusta pensar, sin embargo, que ella (la voz de la energía) nunca leerá esta pequeña crónica. Hay cosas que se solucionan seguro y otras que no pueden permanecer por sí solas sin solicitar ayuda. El agua misma pertenece ahora a su propio cauce, a su fina lámina de encuentros y transportes, pero únicamente hasta que el río se desborda.

Síntesis

Síntesis

A la manera del libro de Manuel (un libro político, sí, pero también un excelente diálogo sobre trabajos manuales) descomponer la realidad en pequeños trozos, en breves apariencias insignificantes, minúsculas, cuadradas –a veces- o rectangulares, ya da lo mismo, recortando con ello las imágenes virtuales de lo que va quedando: un parche aquí, sobre aquellos últimos tejados, una mirada allí, a lo lejos; delimitando ahora la enciclopedia inevitable de las lluvias torrenciales, el mapa de bits u objetos perdidos, el cuaderno del futuro donde se adhiere, sin mayores dificultades, cierta ilusión aproximada. Así, con la paciencia de un taxidermista centenario, aún lúcido, con las herramientas nuevas del óxido y del barro, recomponer el sentido intacto de la inefable aventura humana, el valor del esfuerzo heroico y de la solidaridad entre personas; analizar, entre incisiones, las grandes palabras vacías de los grandes hombres vacíos, el dolor del sufrimiento y el dolor de la ausencia, los informes enfrentados de los científicos sobre los efectos nocivos del calentamiento global, la maldad y la bondad ahora, muy juntas, chapoteando en los mismos charcos; investigar la utilización política de las catástrofes naturales, los tóxicos del agua, del gas y el temor a las epidemias del cólera, el blanco y negro, en su caso, de la injusticia social y, ¿por qué no?, otros colores; escudriñar, al fin, la evacuación, el caos y al Rey del Jazz de Nueva Orleans, el aleteo de la mariposa que, desde el infierno, provoca un huracán en el Golfo de México, la previsión, la imprevisión, el destino y la fortuna.